sábado, 2 de agosto de 2008

La idea socialista


Leo, otra vez, Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson. Ensayos sobre el surgimiento de la idea socialista hasta su implantación y sus consecuencias (casi) últimas. Abre mi edición (Alianza Editorial) con un prólogo revelador, escrito en 1971. En él, Wilson reconoce el optimismo de su imagen, reconoce que no pudo prever que la Unión Soviética derivaría en una atroz dictadura y que Stalin se convertiría en un tirano. En cierto sentido, el prólogo declara la derrota de su libro. Si el socialismo derivó en un infierno, ¿para qué estudiarlo? Precisamente, estudiar sus raíces, teniendo en cuenta su ulterior fracaso, tiene sentido. El libro proyecta, también, una imagen benévola de Lenin, que ahora en el prólogo Wilson modifica: era cruel y sólo toleraba a las personas que lo seguían ciegamente, aunque tenía el inmenso poder de convencer a las personas. Esto en cuanto al nuevo prólogo. Del libro, se agradece la prosa de Wilson: clara y precisa, justa. La guía una inteligencia no menos clara. El libro abre con el joven Michelet, a sus 26 años, descubriendo a Vico, leyendo por vez primera una interpretación de la historia humana no derivada de la teología, una historia, por llamarla así, sociológica. Michelet aplicaría en su vasta obra los principios generales de Vico. De orígenes muy humildes, hijo de un impresor arruinado con la supresión de la libertad de prensa en los años post revolucionarios, Michelet logra dar forma a una obra extraordinaria. En su Historia de la Revolución Francesa infundió vida a la pasión revolucionaria, encarnó de algún modo el espíritu de la Revolución. Interpretó la Historia de Francia como una lenta y larga conquista del poder por el pueblo (Napoleón, en este esquema, fue una violenta y tortuosa interrupción de ese proceso.) Michelet estaba en Italia cuando se enteró de la guerra contra Prusia: sufrió una apoplejía. Al enterarse de que la Comuna socialista gobernada París, recayó con mayor fuerza. Sus libros de historia constituyen una obra única. Dice Wilson: se trata de “un esfuerzo de imaginación e investigación como quizá nunca vuelva a darse: el supremo esfuerzo en su época de un ser humano para explicar, entender y comprender el desarrollo de una nación moderna”. Prosigue Wilson su examen del socialismo francés con Renan, al que ve como símbolo de la decadencia de la tradición revolucionaria. En Renan se puede ver con toda claridad el enfriamiento general de la burguesía francesa con respecto a las cuestiones político-sociales. Esa decadencia se prolonga y extiende con Taine, que ha dejado atrás todo resto de romanticismo revolucionario y que ve y juzga al mundo a partir de una imagen mecanicista, naturalista, deudora aparente de la objetividad científica. Cierra el examen del socialismo francés Anatole Frances (Wilson deja fuera, inexplicablemente, a Jaurés y Zola).

miércoles, 30 de julio de 2008

Shakespeare y la política

Leo Coriolano, la gran tragedia política de William Shakespeare. No la única, la más alta. Una tragedia toda ella pura acción. Diálogos que implican actos y desplazamientos. Hay batallas, asambleas, elecciones, hay política en todos los niveles. Su lenguaje es claro, directo, durísimo. No hay metáforas, las cosas son como son, y son funestas. El lenguaje de Coriolano es agresivo y filoso, burlón y grosero. La historia sobre la que bordó Shakespeare su tragedia proviene de Plutarco, en sus líneas más generales. Eliot la prefería por encima de Hamlet. A diferencia de ésta, no es dubitativa, no hay reflexión sino un movimiento continúo: acción y política. Ambición, traición, adulación, coraje, sobre todo coraje; el insolente coraje de Coriolano, muy distinto a la cólera de Aquiles. La trama es sencilla: Cayo Marcio, general romano, ganador de infinitas batallas, regresa a Roma; ahí, los patricios le dan el grado de Consul: ya puede tener el poder total, pero antes debe pedir el voto de los plebeyos, el voto del pueblo, debe halagarlo, mentirle, enseñarle sus heridas. Y el guerrero se niega. Es un soberbio azuzado por una madre, Volumnia, no menos soberbia y altanera. Coriolano rehuye la gloria, pero asimismo le causa repulsión la adulación servil al pueblo. Éste lo juzga y lo condena al destierro (nunca los aqueos pensaron juzgar a Aquiles.) Su insolencia no cesa, aunque ahora se manifiesta como venganza. Acude a la casa de su peor enemigo, al que ha derrotado doce veces en batallas furiosas, y le pide que lo incorpore en su filas, para lucha contra Roma. El ejercito de los volscos se rinde ante Coriolano, lo sigue como a un dios. Pronto están ante las murallas romanas. Su madre llora, le suplica, y Cayo Marcio cede. Romanos y volscos firman un acuerdo de paz. Cayo Marcio regresa con sus antes enemigos y éstos le dan muerte, por no haber podido derrotar y saquear a Roma. Coriolano tejió su destino. Todo estaba predispuesto para él. Pero su insolencia era infinita. No quería rendir cuentas a nadie. De haber llegado al poder total, la gloria militar de Roma hubiera sido lograda a base de una muy ferrea dictadura. El pueblo, que le teme, lo juzga y lo destierra. El pueblo no actúa con grandeza, condena al héroe. Pero no podría decirse que Coriolano actúa con nobleza. Su sentido del honor es absurdo. La afirmación absoluta, el ego monumental de la afirmación rabiosamente necesaria. Coriolano se opone a la opinión, a la mentira, es un valiente, más: un héroe, un modesto, detesta los honores, sólo lo rinde su madre, que lo ha forjado para la valentía y el arrojo.

lunes, 14 de julio de 2008

El Principe da un golpe de Estado


Leo Técnica del golpe de Estado de Curzio Malaparte. Libro extraordinario. Asombra la precisión de la prosa de Malaparte: clara, concisa, justa, pero al mismo tiempo plástica. Perfecto expositor. Su estilo recuerda, y esto con toda seguridad es un efecto buscado, al Maquiavelo de El Principe. Su análisis de la mente revolucionaria de Lenin y la táctica de Trotsky es admirable. Con un estilete periodístico, escribe historia y piensa al hacerlo. Malaparte fue fascista. Colaboró con Mussolini. Más tarde, criticó al fascismo y a Hitler, y fue por ello castigado. El libro reúne varios casos en los que se intentó (a veces con éxito) dar un golpe de Estado. La tesis de Malatesta, proveniente de Trotsky, es la siguiente: para dar un golpe de Estado no es necesario que haya "condiciones objetivas", tampoco es preciso contar con el "apoyo del pueblo" y ni siquiera contar con una huelga nacional de acompañamiento en las labores de desestabilización. Para dar un golpe de estado se requieren sólo mil hombres dispuestos y armados. La clave está en tomar los elementos esenciales del Estado (medios de comunicación, ferrocarriles, carreteras, centros de distribución de alimentos, de agua y de electricidad). La toma del gobierno es secundaria. Así lo hizo Trotsky en 1917.

lunes, 23 de junio de 2008

Kipling, literatura mayor

Leo Relatos, de Rudyard Kipling, seleccionados por Alberto Manguel. Como Atenea, Kipling nació a las letras en la plenitud de sus recursos. Sus primeros libros de relatos (sobre todo sus Cuentos llanos de las montañas) eran deslumbrantes. Sus contemporáneos Henry James y Robert Louis Stevenson, por carta, se maravillaban del “niño genio” y a la par lo criticaban por su prolijidad. Pero todo tiene su precio en este mundo. Luego de haber recibido el Premio Nobel, hasta la fecha el autor más joven en haberlo obtenido, luego de haber sido el máximo cantor del Imperio Británico, sus cuentos se volvieron intrincados y, en lo más alto de su desarrollo artístico, los lectores modernos le dieron la espalda. Mientras Kipling escribía los maravillosos cuentos de sus últimos años, dice Borges, “todos admiraban esas boberías de Dublineses.” El mundo se dejó fascinar en los años treinta por las novedades ingeniosas y en los cuarenta por los cantores de la muerte; Kipling dejó de leerse, peor aún: comenzó a leerse mal (por esos años Disney adaptó su Libro de la selva). Los contestatarios años sesenta dejaron una imagen de Kipling acartonada, que es la que conservamos: el poeta del imperialismo, el colonizador arrogante, el victoriano tieso. Décadas más tarde, ahora que Kipling va camino de convertirse en un autor infantil (infierno al que han condenado a Swift y a Defoe), aparecen no una sino tres antologías de sus relatos: una, antologada por Somerset Maugham en 1952, publicada ahora por Sexto Piso; la segunda, voluminosa y sin criterio visible, obra de Alberto Manguel, editada por Acantilado; y la tercera, virtual y extraordinaria, elaborada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entre 1957 y 1968, a lo largo de decenas de conversaciones, entre las cuales, por lo menos en cuatro ocasiones, bosquejaron los índices de varias posibles antologías con “los mejores cuentos de Kipling”.
¿Por qué Kipling, por qué ahora? Borges, en 1960, adelantó una posible explicación: “Tal vez Kipling alcance por fin el reconocimiento que merece: a la gente hoy le gustan las cosas desagradables y las fealdades; Kipling las provee a manos llenas”. Tal vez, simplemente, se deba a que es un gran narrador: directo, de frases cortas, de tono coloquial, creador de personajes que parecen que pueden vivir fuera de la página. Justo ahora que el cuento parece estar pasando un mal momento en nuestro idioma, aparece Kipling, autor no menor que Maupassant y Chejov, que es la compañía más alta a la que puede aspirar un contador de cuentos.
Una, dos, tres antologías de Kipling. Las tres contienen cuentos excelentes, por supuesto. Pero podemos, con fines críticos, matizar. La antología de Somerset Maugham responde al gusto de los lectores de los años cincuenta. Incluye cuentos románticos (“El chico de la leña”), el cuento en el que surge Mowgli (guiño a Disney), cuentos de amor (“Sin el beneficio del clero”), cuentos de metempsicosis (“Radio”). Somerset prologó su selección con un copioso estudio en el que, más que mostrar las cualidades de Kipling como narrador, muestra las limitaciones de su propio juicio. La antología de Alberto Manguel es, y esto es también signo de los tiempos que corren, cumplidora y chambista. Por todas partes veo prólogos y selecciones de Alberto Manguel. En este caso, confeccionó una antología de 800 páginas. Se trata de una reunión de cuentos, más que de una antología, ya que ésta debe ser estricta. Manguel nos regala no un prólogo sino un postfacio, repletas sus pocas páginas de grandes errores. Muchos críticos han señalado, como origen de su imaginación mórbida (“de su odio”, diría Edmund Wilson), un duro pasaje de su infancia. Kipling nació en la India. Cumplidos sus seis años, sus padres decidieron que realizara sus estudios básicos en Inglaterra. Dice Manguel que los padres de Kipling vieron un anuncio, “y sin preocuparse por averiguar más” dejaron a los niños “en manos de dos desconocidos y regresaron a Bombay”. Esto es falso. Esos “desconocidos” eran sus tíos, lo que agravaba la represión y la avaricia. Su hermana, en sus memorias, escribiría después que de esos años nunca olvidaría “a mi tía y su severidad con mi hermano”. El pasaje es capital en la vida de Kipling. No es el único error que comete Manguel, que por lo visto no tuvo tiempo ni de hacer una buena investigación y un buen texto, ni tampoco de hacer una antología más ceñida, que respondiera a una lectura actual de Manguel y no a los recuerdos de sus lecturas adolescentes.
La tercera antología nunca se publicó. La imaginaron en cuatro ocasiones Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, y sus respectivos índices aparecen en ese Libro de Libros que es el Borges de Bioy. La primera antología (1957) es amplia y responde al gusto de su tiempo. La segunda (1958) tiene apenas siete cuentos, es un divertimento incompleto. La tercera (1961) es excelente, aunque excluye los cuentos largos. Pero la última (1968) es fuera de serie. Es una antología perfecta. Estricta. No le sobra ni le falta un cuento. Incluye relatos de su tercera etapa, de absoluta madurez. Contiene, como un aleph, todo el universo de Kipling. Un universo que tiene su corazón en la India. Un universo que muestra la imagen de un hombre que exaltó la fuerza física y el Imperio y que, sin embargo, vivió su vida lleno de miedo a la oscuridad y a sí mismo. Ese libro de Kipling no existe. Pero es más real que el de Somerset y el de Manguel. Nunca se publicó, sólo fue imaginado: es un libro puro. Su índice: “Beyond the pale”, “La puerta de las cien penas”, “El chico de la leña”, “Sobre el gran muro”, “La Iglesia que fue Antioquía”, “Dayspring Mishanled”, “Una guerra de sahibs”, “The Dog Hervey”, “Mary Postgate”, “El ojo de Alá”, “La casa de los deseos” y “El mejor relato del mundo”. Todo en él es gran, pero gran literatura.

viernes, 20 de junio de 2008

Chavez bifronte


Leo Hugo Chávez sin uniforme, de Cristina Marcano y Alberto Barrera, biografía del polémico, carismático presidente/dictador venezolano. Se trata de un libro notable, por su objetividad, por su información de primera mano, por su escritura clara y aguda y por su evidente trabajo de campo. La personalidad de Chávez fascina: es un fantoche, es un ídolo, es una bestia y al mismo tiempo un político de una gran sensibilidad. No lo explican los petrodólares, es mucho más que eso. Y los autores entran al laberinto de esa personalidad, amada y denostada. Lo leo y tomo nota de las múltiples coincidencias entre el proceso de degradación de la democracia en Venezuela y México. Pero el libro da para eso y más. Es una biografía de periodistas, reúnen buena información, entrevistan a personas clave, pero sus interpretaciones no son muy agudas. Chavez es un enigma, como todo individuo. De cuna pobre, se inventó a si mismo, supo hacerse necesario, con talento e instinto político. Es popular en la India y en Sudáfrica, en México y en Inglaterra. ¿"¿Por qué no te callas?", le soltó Juan Carlos, rey de España. Pero no tiene para cuando callarse. Tomó el micrófono hace veinte años y no tiene para cuando soltarlo. Todos los días aparece tres horas en televisión. Le gusta cantar y hacer de showman. Nada en petróleo, y él lo derrocha a manos llenas. Venezuela es hoy más corrupta que antes.

lunes, 16 de junio de 2008

Wilson, crítico entrañable y despiadado

Leo La herida y el arco de Edmund Wilson. Creo que Wilson fue el mayor crítico literario del siglo XX. Su mirada era aguda, sus juicios demoledores, su cultura vastísima (con increíbles lagunas, por cierto; es famoso su ignorante desprecio por el español: prefirió aprender hebrero -para escribir su notable Los rollos del mar muerto- que nuestro idioma). Guardo un entrañable recuerdo de El castillo de Axel. Antes de leerlo tenía una casi veneración por Joyce, por Eliot, por Valery. Sus juicios me ayudaron a ver los errores y despropósitos estéticos y morales de esos creadores; por supuesto: errores que palidecen ante el genio indiscutido de esos creadores. Sin embargo, eso fue importante para mí: los genios también cometen errores. Su crítica de Valery, extraordinaria, marcó para siempre mi lectura del autor de Monsieur Teste. Por otro lado, en la adolescencia, la lectura de su Hacia la estación de Finlandia fue poco menos que decisiva: durante algunos años me creí socialista, y no poco tuvo que ver Edmundo Wilson con esa filiación. Ahora leo La herida y el arco, interesado por su crítica de Dickens y de Kipling. Vuelvo a encontrar las virtudes que durante algún tiempo lo convirtieron para mí en un autor de culto: una gran cultura, un juicio claro y firme, una extraordinaria sensibilidad estética y moral, una crítica esclarecedora y apasionada.

jueves, 5 de junio de 2008

Kipling, homenaje a la sensibilidad



Leo El mejor relato del mundo de Ruyard Kipling. Agrego: leo a Kipling con emoción creciente. Magníficamemente bien impreso y horriblemente traducido. Publicado por Sexto Piso, coincide con la aparición de una voluminosa antología de los cuentos de Kipling publicada por Acantilado y seleccionada y prologada por Alberto Manguel. Dos obsequios a la sensibiliad. De Kipling se agradece, en primer lugar, su claridad, su siempre diáfana arquitectura, su buen sentido del humor, su inventiva, su extraordinario ojo clínico para retratar a sus personajes. Kipling sabía ser rudo, romántico, vivaz, sabía desplegar una ternura honda, una apasionada inteligencia. Sus cuentos ambientados en la India son magistrales. Recrea la magia y desesperación de un mundo ya perdido. Sus cuentos no son inferiores a los de Stevenson y Henry James. No conozco elogio mayor.