Leo La herida y el arco de Edmund Wilson. Creo que Wilson fue el mayor crítico literario del siglo XX. Su mirada era aguda, sus juicios demoledores, su cultura vastísima (con increíbles lagunas, por cierto; es famoso su ignorante desprecio por el español: prefirió aprender hebrero -para escribir su notable Los rollos del mar muerto- que nuestro idioma). Guardo un entrañable recuerdo de El castillo de Axel. Antes de leerlo tenía una casi veneración por Joyce, por Eliot, por Valery. Sus juicios me ayudaron a ver los errores y despropósitos estéticos y morales de esos creadores; por supuesto: errores que palidecen ante el genio indiscutido de esos creadores. Sin embargo, eso fue importante para mí: los genios también cometen errores. Su crítica de Valery, extraordinaria, marcó para siempre mi lectura del autor de Monsieur Teste. Por otro lado, en la adolescencia, la lectura de su Hacia la estación de Finlandia fue poco menos que decisiva: durante algunos años me creí socialista, y no poco tuvo que ver Edmundo Wilson con esa filiación. Ahora leo La herida y el arco, interesado por su crítica de Dickens y de Kipling. Vuelvo a encontrar las virtudes que durante algún tiempo lo convirtieron para mí en un autor de culto: una gran cultura, un juicio claro y firme, una extraordinaria sensibilidad estética y moral, una crítica esclarecedora y apasionada.lunes, 16 de junio de 2008
Wilson, crítico entrañable y despiadado
Leo La herida y el arco de Edmund Wilson. Creo que Wilson fue el mayor crítico literario del siglo XX. Su mirada era aguda, sus juicios demoledores, su cultura vastísima (con increíbles lagunas, por cierto; es famoso su ignorante desprecio por el español: prefirió aprender hebrero -para escribir su notable Los rollos del mar muerto- que nuestro idioma). Guardo un entrañable recuerdo de El castillo de Axel. Antes de leerlo tenía una casi veneración por Joyce, por Eliot, por Valery. Sus juicios me ayudaron a ver los errores y despropósitos estéticos y morales de esos creadores; por supuesto: errores que palidecen ante el genio indiscutido de esos creadores. Sin embargo, eso fue importante para mí: los genios también cometen errores. Su crítica de Valery, extraordinaria, marcó para siempre mi lectura del autor de Monsieur Teste. Por otro lado, en la adolescencia, la lectura de su Hacia la estación de Finlandia fue poco menos que decisiva: durante algunos años me creí socialista, y no poco tuvo que ver Edmundo Wilson con esa filiación. Ahora leo La herida y el arco, interesado por su crítica de Dickens y de Kipling. Vuelvo a encontrar las virtudes que durante algún tiempo lo convirtieron para mí en un autor de culto: una gran cultura, un juicio claro y firme, una extraordinaria sensibilidad estética y moral, una crítica esclarecedora y apasionada.
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