Leo Relatos, de Rudyard Kipling, seleccionados por Alberto Manguel. Como Atenea, Kipling nació a las letras en la plenitud de sus recursos. Sus primeros libros de relatos (sobre todo sus Cuentos llanos de las montañas) eran deslumbrantes. Sus contemporáneos Henry James y Robert Louis Stevenson, por carta, se maravillaban del “niño genio” y a la par lo criticaban por su prolijidad. Pero todo tiene su precio en este mundo. Luego de haber recibido el Premio Nobel, hasta la fecha el autor más joven en haberlo obtenido, luego de haber sido el máximo cantor del Imperio Británico, sus cuentos se volvieron intrincados y, en lo más alto de su desarrollo artístico, los lectores modernos le dieron la espalda. Mientras Kipling escribía los maravillosos cuentos de sus últimos años, dice Borges, “todos admiraban esas boberías de Dublineses.” El mundo se dejó fascinar en los años treinta por las novedades ingeniosas y en los cuarenta por los cantores de la muerte; Kipling dejó de leerse, peor aún: comenzó a leerse mal (por esos años Disney adaptó su Libro de la selva). Los contestatarios años sesenta dejaron una imagen de Kipling acartonada, que es la que conservamos: el poeta del imperialismo, el colonizador arrogante, el victoriano tieso. Décadas más tarde, ahora que Kipling va camino de convertirse en un autor infantil (infierno al que han condenado a Swift y a Defoe), aparecen no una sino tres antologías de sus relatos: una, antologada por Somerset Maugham en 1952, publicada ahora por Sexto Piso; la segunda, voluminosa y sin criterio visible, obra de Alberto Manguel, editada por Acantilado; y la tercera, virtual y extraordinaria, elaborada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entre 1957 y 1968, a lo largo de decenas de conversaciones, entre las cuales, por lo menos en cuatro ocasiones, bosquejaron los índices de varias posibles antologías con “los mejores cuentos de Kipling”.¿Por qué Kipling, por qué ahora? Borges, en 1960, adelantó una posible explicación: “Tal vez Kipling alcance por fin el reconocimiento que merece: a la gente hoy le gustan las cosas desagradables y las fealdades; Kipling las provee a manos llenas”. Tal vez, simplemente, se deba a que es un gran narrador: directo, de frases cortas, de tono coloquial, creador de personajes que parecen que pueden vivir fuera de la página. Justo ahora que el cuento parece estar pasando un mal momento en nuestro idioma, aparece Kipling, autor no menor que Maupassant y Chejov, que es la compañía más alta a la que puede aspirar un contador de cuentos.
Una, dos, tres antologías de Kipling. Las tres contienen cuentos excelentes, por supuesto. Pero podemos, con fines críticos, matizar. La antología de Somerset Maugham responde al gusto de los lectores de los años cincuenta. Incluye cuentos románticos (“El chico de la leña”), el cuento en el que surge Mowgli (guiño a Disney), cuentos de amor (“Sin el beneficio del clero”), cuentos de metempsicosis (“Radio”). Somerset prologó su selección con un copioso estudio en el que, más que mostrar las cualidades de Kipling como narrador, muestra las limitaciones de su propio juicio. La antología de Alberto Manguel es, y esto es también signo de los tiempos que corren, cumplidora y chambista. Por todas partes veo prólogos y selecciones de Alberto Manguel. En este caso, confeccionó una antología de 800 páginas. Se trata de una reunión de cuentos, más que de una antología, ya que ésta debe ser estricta. Manguel nos regala no un prólogo sino un postfacio, repletas sus pocas páginas de grandes errores. Muchos críticos han señalado, como origen de su imaginación mórbida (“de su odio”, diría Edmund Wilson), un duro pasaje de su infancia. Kipling nació en la India. Cumplidos sus seis años, sus padres decidieron que realizara sus estudios básicos en Inglaterra. Dice Manguel que los padres de Kipling vieron un anuncio, “y sin preocuparse por averiguar más” dejaron a los niños “en manos de dos desconocidos y regresaron a Bombay”. Esto es falso. Esos “desconocidos” eran sus tíos, lo que agravaba la represión y la avaricia. Su hermana, en sus memorias, escribiría después que de esos años nunca olvidaría “a mi tía y su severidad con mi hermano”. El pasaje es capital en la vida de Kipling. No es el único error que comete Manguel, que por lo visto no tuvo tiempo ni de hacer una buena investigación y un buen texto, ni tampoco de hacer una antología más ceñida, que respondiera a una lectura actual de Manguel y no a los recuerdos de sus lecturas adolescentes.
La tercera antología nunca se publicó. La imaginaron en cuatro ocasiones Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, y sus respectivos índices aparecen en ese Libro de Libros que es el Borges de Bioy. La primera antología (1957) es amplia y responde al gusto de su tiempo. La segunda (1958) tiene apenas siete cuentos, es un divertimento incompleto. La tercera (1961) es excelente, aunque excluye los cuentos largos. Pero la última (1968) es fuera de serie. Es una antología perfecta. Estricta. No le sobra ni le falta un cuento. Incluye relatos de su tercera etapa, de absoluta madurez. Contiene, como un aleph, todo el universo de Kipling. Un universo que tiene su corazón en la India. Un universo que muestra la imagen de un hombre que exaltó la fuerza física y el Imperio y que, sin embargo, vivió su vida lleno de miedo a la oscuridad y a sí mismo. Ese libro de Kipling no existe. Pero es más real que el de Somerset y el de Manguel. Nunca se publicó, sólo fue imaginado: es un libro puro. Su índice: “Beyond the pale”, “La puerta de las cien penas”, “El chico de la leña”, “Sobre el gran muro”, “La Iglesia que fue Antioquía”, “Dayspring Mishanled”, “Una guerra de sahibs”, “The Dog Hervey”, “Mary Postgate”, “El ojo de Alá”, “La casa de los deseos” y “El mejor relato del mundo”. Todo en él es gran, pero gran literatura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario