Leo Coriolano, la gran tragedia política de William Shakespeare. No la única, la más alta. Una tragedia toda ella pura acción. Diálogos que implican actos y desplazamientos. Hay batallas, asambleas, elecciones, hay política en todos los niveles. Su lenguaje es claro, directo, durísimo. No hay metáforas, las cosas son como son, y son funestas. El lenguaje de Coriolano es agresivo y filoso, burlón y grosero. La historia sobre la que bordó Shakespeare su tragedia proviene de Plutarco, en sus líneas más generales. Eliot la prefería por encima de Hamlet. A diferencia de ésta, no es dubitativa, no hay reflexión sino un movimiento continúo: acción y política. Ambición, traición, adulación, coraje, sobre todo coraje; el insolente coraje de Coriolano, muy distinto a la cólera de Aquiles. La trama es sencilla: Cayo Marcio, general romano, ganador de infinitas batallas, regresa a Roma; ahí, los patricios le dan el grado de Consul: ya puede tener el poder total, pero antes debe pedir el voto de los plebeyos, el voto del pueblo, debe halagarlo, mentirle, enseñarle sus heridas. Y el guerrero se niega. Es un soberbio azuzado por una madre, Volumnia, no menos soberbia y altanera. Coriolano rehuye la gloria, pero asimismo le causa repulsión la adulación servil al pueblo. Éste lo juzga y lo condena al destierro (nunca los aqueos pensaron juzgar a Aquiles.) Su insolencia no cesa, aunque ahora se manifiesta como venganza. Acude a la casa de su peor enemigo, al que ha derrotado doce veces en batallas furiosas, y le pide que lo incorpore en su filas, para lucha contra Roma. El ejercito de los volscos se rinde ante Coriolano, lo sigue como a un dios. Pronto están ante las murallas romanas. Su madre llora, le suplica, y Cayo Marcio cede. Romanos y volscos firman un acuerdo de paz. Cayo Marcio regresa con sus antes enemigos y éstos le dan muerte, por no haber podido derrotar y saquear a Roma. Coriolano tejió su destino. Todo estaba predispuesto para él. Pero su insolencia era infinita. No quería rendir cuentas a nadie. De haber llegado al poder total, la gloria militar de Roma hubiera sido lograda a base de una muy ferrea dictadura. El pueblo, que le teme, lo juzga y lo destierra. El pueblo no actúa con grandeza, condena al héroe. Pero no podría decirse que Coriolano actúa con nobleza. Su sentido del honor es absurdo. La afirmación absoluta, el ego monumental de la afirmación rabiosamente necesaria. Coriolano se opone a la opinión, a la mentira, es un valiente, más: un héroe, un modesto, detesta los honores, sólo lo rinde su madre, que lo ha forjado para la valentía y el arrojo. miércoles, 30 de julio de 2008
Shakespeare y la política
Leo Coriolano, la gran tragedia política de William Shakespeare. No la única, la más alta. Una tragedia toda ella pura acción. Diálogos que implican actos y desplazamientos. Hay batallas, asambleas, elecciones, hay política en todos los niveles. Su lenguaje es claro, directo, durísimo. No hay metáforas, las cosas son como son, y son funestas. El lenguaje de Coriolano es agresivo y filoso, burlón y grosero. La historia sobre la que bordó Shakespeare su tragedia proviene de Plutarco, en sus líneas más generales. Eliot la prefería por encima de Hamlet. A diferencia de ésta, no es dubitativa, no hay reflexión sino un movimiento continúo: acción y política. Ambición, traición, adulación, coraje, sobre todo coraje; el insolente coraje de Coriolano, muy distinto a la cólera de Aquiles. La trama es sencilla: Cayo Marcio, general romano, ganador de infinitas batallas, regresa a Roma; ahí, los patricios le dan el grado de Consul: ya puede tener el poder total, pero antes debe pedir el voto de los plebeyos, el voto del pueblo, debe halagarlo, mentirle, enseñarle sus heridas. Y el guerrero se niega. Es un soberbio azuzado por una madre, Volumnia, no menos soberbia y altanera. Coriolano rehuye la gloria, pero asimismo le causa repulsión la adulación servil al pueblo. Éste lo juzga y lo condena al destierro (nunca los aqueos pensaron juzgar a Aquiles.) Su insolencia no cesa, aunque ahora se manifiesta como venganza. Acude a la casa de su peor enemigo, al que ha derrotado doce veces en batallas furiosas, y le pide que lo incorpore en su filas, para lucha contra Roma. El ejercito de los volscos se rinde ante Coriolano, lo sigue como a un dios. Pronto están ante las murallas romanas. Su madre llora, le suplica, y Cayo Marcio cede. Romanos y volscos firman un acuerdo de paz. Cayo Marcio regresa con sus antes enemigos y éstos le dan muerte, por no haber podido derrotar y saquear a Roma. Coriolano tejió su destino. Todo estaba predispuesto para él. Pero su insolencia era infinita. No quería rendir cuentas a nadie. De haber llegado al poder total, la gloria militar de Roma hubiera sido lograda a base de una muy ferrea dictadura. El pueblo, que le teme, lo juzga y lo destierra. El pueblo no actúa con grandeza, condena al héroe. Pero no podría decirse que Coriolano actúa con nobleza. Su sentido del honor es absurdo. La afirmación absoluta, el ego monumental de la afirmación rabiosamente necesaria. Coriolano se opone a la opinión, a la mentira, es un valiente, más: un héroe, un modesto, detesta los honores, sólo lo rinde su madre, que lo ha forjado para la valentía y el arrojo.
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