
Leo, otra vez, Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson. Ensayos sobre el surgimiento de la idea socialista hasta su implantación y sus consecuencias (casi) últimas. Abre mi edición (Alianza Editorial) con un prólogo revelador, escrito en 1971. En él, Wilson reconoce el optimismo de su imagen, reconoce que no pudo prever que la Unión Soviética derivaría en una atroz dictadura y que Stalin se convertiría en un tirano. En cierto sentido, el prólogo declara la derrota de su libro. Si el socialismo derivó en un infierno, ¿para qué estudiarlo? Precisamente, estudiar sus raíces, teniendo en cuenta su ulterior fracaso, tiene sentido. El libro proyecta, también, una imagen benévola de Lenin, que ahora en el prólogo Wilson modifica: era cruel y sólo toleraba a las personas que lo seguían ciegamente, aunque tenía el inmenso poder de convencer a las personas. Esto en cuanto al nuevo prólogo. Del libro, se agradece la prosa de Wilson: clara y precisa, justa. La guía una inteligencia no menos clara. El libro abre con el joven Michelet, a sus 26 años, descubriendo a Vico, leyendo por vez primera una interpretación de la historia humana no derivada de la teología, una historia, por llamarla así, sociológica. Michelet aplicaría en su vasta obra los principios generales de Vico. De orígenes muy humildes, hijo de un impresor arruinado con la supresión de la libertad de prensa en los años post revolucionarios, Michelet logra dar forma a una obra extraordinaria. En su Historia de la Revolución Francesa infundió vida a la pasión revolucionaria, encarnó de algún modo el espíritu de la Revolución. Interpretó la Historia de Francia como una lenta y larga conquista del poder por el pueblo (Napoleón, en este esquema, fue una violenta y tortuosa interrupción de ese proceso.) Michelet estaba en Italia cuando se enteró de la guerra contra Prusia: sufrió una apoplejía. Al enterarse de que la Comuna socialista gobernada París, recayó con mayor fuerza. Sus libros de historia constituyen una obra única. Dice Wilson: se trata de “un esfuerzo de imaginación e investigación como quizá nunca vuelva a darse: el supremo esfuerzo en su época de un ser humano para explicar, entender y comprender el desarrollo de una nación moderna”. Prosigue Wilson su examen del socialismo francés con Renan, al que ve como símbolo de la decadencia de la tradición revolucionaria. En Renan se puede ver con toda claridad el enfriamiento general de la burguesía francesa con respecto a las cuestiones político-sociales. Esa decadencia se prolonga y extiende con Taine, que ha dejado atrás todo resto de romanticismo revolucionario y que ve y juzga al mundo a partir de una imagen mecanicista, naturalista, deudora aparente de la objetividad científica. Cierra el examen del socialismo francés Anatole Frances (Wilson deja fuera, inexplicablemente, a Jaurés y Zola).
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