lunes, 23 de junio de 2008

Kipling, literatura mayor

Leo Relatos, de Rudyard Kipling, seleccionados por Alberto Manguel. Como Atenea, Kipling nació a las letras en la plenitud de sus recursos. Sus primeros libros de relatos (sobre todo sus Cuentos llanos de las montañas) eran deslumbrantes. Sus contemporáneos Henry James y Robert Louis Stevenson, por carta, se maravillaban del “niño genio” y a la par lo criticaban por su prolijidad. Pero todo tiene su precio en este mundo. Luego de haber recibido el Premio Nobel, hasta la fecha el autor más joven en haberlo obtenido, luego de haber sido el máximo cantor del Imperio Británico, sus cuentos se volvieron intrincados y, en lo más alto de su desarrollo artístico, los lectores modernos le dieron la espalda. Mientras Kipling escribía los maravillosos cuentos de sus últimos años, dice Borges, “todos admiraban esas boberías de Dublineses.” El mundo se dejó fascinar en los años treinta por las novedades ingeniosas y en los cuarenta por los cantores de la muerte; Kipling dejó de leerse, peor aún: comenzó a leerse mal (por esos años Disney adaptó su Libro de la selva). Los contestatarios años sesenta dejaron una imagen de Kipling acartonada, que es la que conservamos: el poeta del imperialismo, el colonizador arrogante, el victoriano tieso. Décadas más tarde, ahora que Kipling va camino de convertirse en un autor infantil (infierno al que han condenado a Swift y a Defoe), aparecen no una sino tres antologías de sus relatos: una, antologada por Somerset Maugham en 1952, publicada ahora por Sexto Piso; la segunda, voluminosa y sin criterio visible, obra de Alberto Manguel, editada por Acantilado; y la tercera, virtual y extraordinaria, elaborada por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, entre 1957 y 1968, a lo largo de decenas de conversaciones, entre las cuales, por lo menos en cuatro ocasiones, bosquejaron los índices de varias posibles antologías con “los mejores cuentos de Kipling”.
¿Por qué Kipling, por qué ahora? Borges, en 1960, adelantó una posible explicación: “Tal vez Kipling alcance por fin el reconocimiento que merece: a la gente hoy le gustan las cosas desagradables y las fealdades; Kipling las provee a manos llenas”. Tal vez, simplemente, se deba a que es un gran narrador: directo, de frases cortas, de tono coloquial, creador de personajes que parecen que pueden vivir fuera de la página. Justo ahora que el cuento parece estar pasando un mal momento en nuestro idioma, aparece Kipling, autor no menor que Maupassant y Chejov, que es la compañía más alta a la que puede aspirar un contador de cuentos.
Una, dos, tres antologías de Kipling. Las tres contienen cuentos excelentes, por supuesto. Pero podemos, con fines críticos, matizar. La antología de Somerset Maugham responde al gusto de los lectores de los años cincuenta. Incluye cuentos románticos (“El chico de la leña”), el cuento en el que surge Mowgli (guiño a Disney), cuentos de amor (“Sin el beneficio del clero”), cuentos de metempsicosis (“Radio”). Somerset prologó su selección con un copioso estudio en el que, más que mostrar las cualidades de Kipling como narrador, muestra las limitaciones de su propio juicio. La antología de Alberto Manguel es, y esto es también signo de los tiempos que corren, cumplidora y chambista. Por todas partes veo prólogos y selecciones de Alberto Manguel. En este caso, confeccionó una antología de 800 páginas. Se trata de una reunión de cuentos, más que de una antología, ya que ésta debe ser estricta. Manguel nos regala no un prólogo sino un postfacio, repletas sus pocas páginas de grandes errores. Muchos críticos han señalado, como origen de su imaginación mórbida (“de su odio”, diría Edmund Wilson), un duro pasaje de su infancia. Kipling nació en la India. Cumplidos sus seis años, sus padres decidieron que realizara sus estudios básicos en Inglaterra. Dice Manguel que los padres de Kipling vieron un anuncio, “y sin preocuparse por averiguar más” dejaron a los niños “en manos de dos desconocidos y regresaron a Bombay”. Esto es falso. Esos “desconocidos” eran sus tíos, lo que agravaba la represión y la avaricia. Su hermana, en sus memorias, escribiría después que de esos años nunca olvidaría “a mi tía y su severidad con mi hermano”. El pasaje es capital en la vida de Kipling. No es el único error que comete Manguel, que por lo visto no tuvo tiempo ni de hacer una buena investigación y un buen texto, ni tampoco de hacer una antología más ceñida, que respondiera a una lectura actual de Manguel y no a los recuerdos de sus lecturas adolescentes.
La tercera antología nunca se publicó. La imaginaron en cuatro ocasiones Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, y sus respectivos índices aparecen en ese Libro de Libros que es el Borges de Bioy. La primera antología (1957) es amplia y responde al gusto de su tiempo. La segunda (1958) tiene apenas siete cuentos, es un divertimento incompleto. La tercera (1961) es excelente, aunque excluye los cuentos largos. Pero la última (1968) es fuera de serie. Es una antología perfecta. Estricta. No le sobra ni le falta un cuento. Incluye relatos de su tercera etapa, de absoluta madurez. Contiene, como un aleph, todo el universo de Kipling. Un universo que tiene su corazón en la India. Un universo que muestra la imagen de un hombre que exaltó la fuerza física y el Imperio y que, sin embargo, vivió su vida lleno de miedo a la oscuridad y a sí mismo. Ese libro de Kipling no existe. Pero es más real que el de Somerset y el de Manguel. Nunca se publicó, sólo fue imaginado: es un libro puro. Su índice: “Beyond the pale”, “La puerta de las cien penas”, “El chico de la leña”, “Sobre el gran muro”, “La Iglesia que fue Antioquía”, “Dayspring Mishanled”, “Una guerra de sahibs”, “The Dog Hervey”, “Mary Postgate”, “El ojo de Alá”, “La casa de los deseos” y “El mejor relato del mundo”. Todo en él es gran, pero gran literatura.

viernes, 20 de junio de 2008

Chavez bifronte


Leo Hugo Chávez sin uniforme, de Cristina Marcano y Alberto Barrera, biografía del polémico, carismático presidente/dictador venezolano. Se trata de un libro notable, por su objetividad, por su información de primera mano, por su escritura clara y aguda y por su evidente trabajo de campo. La personalidad de Chávez fascina: es un fantoche, es un ídolo, es una bestia y al mismo tiempo un político de una gran sensibilidad. No lo explican los petrodólares, es mucho más que eso. Y los autores entran al laberinto de esa personalidad, amada y denostada. Lo leo y tomo nota de las múltiples coincidencias entre el proceso de degradación de la democracia en Venezuela y México. Pero el libro da para eso y más. Es una biografía de periodistas, reúnen buena información, entrevistan a personas clave, pero sus interpretaciones no son muy agudas. Chavez es un enigma, como todo individuo. De cuna pobre, se inventó a si mismo, supo hacerse necesario, con talento e instinto político. Es popular en la India y en Sudáfrica, en México y en Inglaterra. ¿"¿Por qué no te callas?", le soltó Juan Carlos, rey de España. Pero no tiene para cuando callarse. Tomó el micrófono hace veinte años y no tiene para cuando soltarlo. Todos los días aparece tres horas en televisión. Le gusta cantar y hacer de showman. Nada en petróleo, y él lo derrocha a manos llenas. Venezuela es hoy más corrupta que antes.

lunes, 16 de junio de 2008

Wilson, crítico entrañable y despiadado

Leo La herida y el arco de Edmund Wilson. Creo que Wilson fue el mayor crítico literario del siglo XX. Su mirada era aguda, sus juicios demoledores, su cultura vastísima (con increíbles lagunas, por cierto; es famoso su ignorante desprecio por el español: prefirió aprender hebrero -para escribir su notable Los rollos del mar muerto- que nuestro idioma). Guardo un entrañable recuerdo de El castillo de Axel. Antes de leerlo tenía una casi veneración por Joyce, por Eliot, por Valery. Sus juicios me ayudaron a ver los errores y despropósitos estéticos y morales de esos creadores; por supuesto: errores que palidecen ante el genio indiscutido de esos creadores. Sin embargo, eso fue importante para mí: los genios también cometen errores. Su crítica de Valery, extraordinaria, marcó para siempre mi lectura del autor de Monsieur Teste. Por otro lado, en la adolescencia, la lectura de su Hacia la estación de Finlandia fue poco menos que decisiva: durante algunos años me creí socialista, y no poco tuvo que ver Edmundo Wilson con esa filiación. Ahora leo La herida y el arco, interesado por su crítica de Dickens y de Kipling. Vuelvo a encontrar las virtudes que durante algún tiempo lo convirtieron para mí en un autor de culto: una gran cultura, un juicio claro y firme, una extraordinaria sensibilidad estética y moral, una crítica esclarecedora y apasionada.

jueves, 5 de junio de 2008

Kipling, homenaje a la sensibilidad



Leo El mejor relato del mundo de Ruyard Kipling. Agrego: leo a Kipling con emoción creciente. Magníficamemente bien impreso y horriblemente traducido. Publicado por Sexto Piso, coincide con la aparición de una voluminosa antología de los cuentos de Kipling publicada por Acantilado y seleccionada y prologada por Alberto Manguel. Dos obsequios a la sensibiliad. De Kipling se agradece, en primer lugar, su claridad, su siempre diáfana arquitectura, su buen sentido del humor, su inventiva, su extraordinario ojo clínico para retratar a sus personajes. Kipling sabía ser rudo, romántico, vivaz, sabía desplegar una ternura honda, una apasionada inteligencia. Sus cuentos ambientados en la India son magistrales. Recrea la magia y desesperación de un mundo ya perdido. Sus cuentos no son inferiores a los de Stevenson y Henry James. No conozco elogio mayor.