martes, 8 de abril de 2008

Dickens y sus borradores



Leo por segunda ocasión, la primera ocurrió en mi temprana adolescencia, Grandes esperanzas de Charles Dickens. Aunque todos estos años no han bastado para desdibujar en mi memoria el recuerdo de su argumento, ahora la leo disfrutando los detalles, la construcción de escenas, el ritmo de su acción, su formidable poder para crear caracteres. Leo a Dickens y disfruto cada línea. Me ha provocado unas formidables carcajadas, como hace mucho un libro no me las arrancaba: es un maestro de las peripecias. Aquí lo vemos leyendo en su estudio. Su escritorio, frente a un gran ventanal, sus libreros al fondo, pero sobre todo me impresiona el gran cesto de papeles colocado junto al mueble. Un cesto hecho para recibir decenas de hojas arrugadas, borradores abortados, versiones sin fuerza. Un cesto casi del tamaño del escritorio, un cesto que es casi una lección de escritura: en literatura casi vale lo mismo lo que se escribe que lo que se borra.

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