miércoles, 1 de octubre de 2008

La propia caída

Leo La caída de Albert Camus. Monólogo y confesión. Una prosa alta que describe el desplome, en la vida, en el mundo. Habla Jean-Baptiste Clamence, que antes de quedar varado, averiado, en un tugurio de Amsterdam, era de profesión abogado y de temple piadoso. Su piedad, sin embargo, tenía como fin no la salvación o ayuda al otro, sino la autosatisfacción provocada por el bien hecho. Con melancólica ironía, desnuda tristemente el animo piadoso: se busca la virtud para exhibirla, para mostrarla, para envanecerse ataviado con esa capa de humildad, para mostrarse ante el mundo como desinteresado cuando su fin último es que se interesen en él por su desinterés. Clamence habla, sin fin, habla de su paso del día francés a la medianoche holandesa, anclado ahí, en el Mexico-City, bar de malamuerte, bar de puerto, donde reculan Clamence, que fue puro, y un oyente que aunque nunca se ve no es invisible, al contrario, es muy real, porque al no dar ningún elemento acerca del oyente, el oyente resulta ser uno. Así, el monólogo se extiende en esa noche holandesa. Clamence nos habla al oído, su aliento huele a ginebra, su saco de pelo de camello es vulgar y está gastado, su tono en cansino, cansado. Va desplegando su historia.

No hay comentarios: