lunes, 11 de agosto de 2008

Steiner o la alegría de un pensamiento triste



Leo Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (FCE, 2007) de George Steiner. Maestro del pensamiento, maestro de la crítica, Steiner siempre nos sacude y siempre nos refresca con sus visiones pesimistas. Para Steiner, como para Schelling, la “vida del intelecto” significa experimentar tanto la melancolía como la capacidad de sobreponerse a ella. Steiner, en diez brevísimos capítulos, expone las razones por las que se siente limitado o exhausto. En el primero reflexiona acerca de los límites de nuestra razón: no podemos pensarlo todo, no podemos nombrar lo inexpresable: “no sabemos si lo que nos parece indefinido no es, en realidad, ridículamente estrecho e irrelevante”. En el segundo, constata que no podemos controlar el pensamiento, en muy pocas ocasiones de la vida diaria podemos concentrarnos plenamente, el resto del tiempo divagamos, sentimos, papaloteamos. Tercero, casi siempre utilizamos ideas adquiridas, es muy rara la ocasión (casi un milagro) en la que producimos una idea nueva. Cuarto, es muy difícil arribar a la verdad: “el lenguaje es enemigo del ideal monocromo de la verdad”. Quinto, pensar es una operación tremendamente despilfarradora, la mayoría de nuestros pensamientos “son, en una proporción abrumadora, difusos, sin objeto, dispersos e inexplicados”. Sexto, el pensamiento, salvo en contados casos, se limita a su propia esfera íntima, muy pocos de nuestros pensamientos “transforman” la realidad: “Habitualmente, la previsión, la proyección, la fantasía y la imagen están por encima de la realización”. Séptimo, “el pensamiento más inspirado es impotente ante la muerte”. Octavo, estamos encerrados en nosotros mismos, es casi imposible saber lo que piensan los otros, incluso los más próximos: “El amor más intenso, quizá más débil que el odio, es una negociación, nunca concluyente, entre soledades”. Noveno, todos podemos “pensar”, pero sólo unos cuantos piensan: “Heidegger confesó lúgubremente que la humanidad en su conjunto aún no había salido de la prehistoria del pensamiento”; cuando se torna demasiado visible, cuando no puede cobijarse bajo la especialización y la codificación hermética, la pasión intelectual y sus manifestaciones provocan odio y mofa. Y décimo: el pensamiento no puede dar respuesta a la cuestiones más esenciales de la vida, “la historia de los sucesivos intentos de probar la inmortalidad o la existencia de dios equivalen a una de las crónicas más embarazosas de las condición humana”. Todo lo que George Steiner señala es difícil de refutar, sí, y sin embargo... sin embargo, al leer las diez razones por las cuales Steiner se decepciona del pensamiento, uno siente que al nombrar esas imperfecciones, nos acercamos, aunque sea sólo un poco, al pensamiento verdadero, a la esperanza.

martes, 5 de agosto de 2008

Borges, el infinito

Leo "El aleph", de Jorge Luis Borges, en la extraordinaria edición que para El Colegio de México prepararon Julio ortega y Elena del Río Parra. "Este es el primer intento -dicen los editores- de establecer un texto de Borges a partir de su manuscrito en una edición crítica. Contiene un excelente estudio introductorio, un facsímil del original (en el que, además de la minúscula letra de Borges, se pueden apreciar sus tachaduras, sus correcciones, sus vacilaciones), la edición crítica del relato, con notas ilustrativas y pertinentes, aparte de un un puñado de lecturas del mismo, por Emir Rodríguez Monegal, Roberto Paoli, Daniel Devoto, Maurice Blanchot, Saúl Sosnowski y un par de textos del mismo Borges. En el último de los textos de Borges, comenta: "Fuí derrotado por Madame Bovary. Nunca me interesó. Fui derrotado por la aburrida familia Karamazov. No me interesaron nunca". Leer a Borges siempre, aparte de un gran placer, es un desafío. La lectura de El aleph, en esta edición crítica, me deparó una tarde extraordinaria.

sábado, 2 de agosto de 2008

La idea socialista


Leo, otra vez, Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson. Ensayos sobre el surgimiento de la idea socialista hasta su implantación y sus consecuencias (casi) últimas. Abre mi edición (Alianza Editorial) con un prólogo revelador, escrito en 1971. En él, Wilson reconoce el optimismo de su imagen, reconoce que no pudo prever que la Unión Soviética derivaría en una atroz dictadura y que Stalin se convertiría en un tirano. En cierto sentido, el prólogo declara la derrota de su libro. Si el socialismo derivó en un infierno, ¿para qué estudiarlo? Precisamente, estudiar sus raíces, teniendo en cuenta su ulterior fracaso, tiene sentido. El libro proyecta, también, una imagen benévola de Lenin, que ahora en el prólogo Wilson modifica: era cruel y sólo toleraba a las personas que lo seguían ciegamente, aunque tenía el inmenso poder de convencer a las personas. Esto en cuanto al nuevo prólogo. Del libro, se agradece la prosa de Wilson: clara y precisa, justa. La guía una inteligencia no menos clara. El libro abre con el joven Michelet, a sus 26 años, descubriendo a Vico, leyendo por vez primera una interpretación de la historia humana no derivada de la teología, una historia, por llamarla así, sociológica. Michelet aplicaría en su vasta obra los principios generales de Vico. De orígenes muy humildes, hijo de un impresor arruinado con la supresión de la libertad de prensa en los años post revolucionarios, Michelet logra dar forma a una obra extraordinaria. En su Historia de la Revolución Francesa infundió vida a la pasión revolucionaria, encarnó de algún modo el espíritu de la Revolución. Interpretó la Historia de Francia como una lenta y larga conquista del poder por el pueblo (Napoleón, en este esquema, fue una violenta y tortuosa interrupción de ese proceso.) Michelet estaba en Italia cuando se enteró de la guerra contra Prusia: sufrió una apoplejía. Al enterarse de que la Comuna socialista gobernada París, recayó con mayor fuerza. Sus libros de historia constituyen una obra única. Dice Wilson: se trata de “un esfuerzo de imaginación e investigación como quizá nunca vuelva a darse: el supremo esfuerzo en su época de un ser humano para explicar, entender y comprender el desarrollo de una nación moderna”. Prosigue Wilson su examen del socialismo francés con Renan, al que ve como símbolo de la decadencia de la tradición revolucionaria. En Renan se puede ver con toda claridad el enfriamiento general de la burguesía francesa con respecto a las cuestiones político-sociales. Esa decadencia se prolonga y extiende con Taine, que ha dejado atrás todo resto de romanticismo revolucionario y que ve y juzga al mundo a partir de una imagen mecanicista, naturalista, deudora aparente de la objetividad científica. Cierra el examen del socialismo francés Anatole Frances (Wilson deja fuera, inexplicablemente, a Jaurés y Zola).